Esa incurable enfermedad llamada resentimiento…

Carolina Jaimes Branger

21/11/2017

 

El título de este artículo no es mío. Fue una lapidaria afirmación de mi amigo Tomás Osers durante un foro sobre “La noche de los cristales rotos” preparado para jóvenes por el Espacio Anna Frank, donde el invitado especial fue Benjamín Scharifker. “El resentimiento es una enfermedad que no tiene cura”, sentenció Tomás durante su intervención. “Del resentimiento al odio hay un solo paso… y del odio provienen los genocidios”.

Si lo sabrá mi amigo Tomás. Sus padres, el querido y recordado ingeniero Harry Osers, profesor y autor de libros de texto de ingeniería civil, y su madre, Dorit Weiss, llegaron a Venezuela como sobrevivientes de campos de exterminio de los nazis. Sus lápidas tienen tres fechas: las de sus nacimientos, las de sus llegadas a Venezuela y las de sus muertes. Y es que en Venezuela volvieron a nacer.

¡Qué dolor que aquel país que les abrió los brazos a tantos judíos -que llegaron con su carga de dolor y encontraron aquí las ganas de empezar de nuevo- emule ahora comportamientos muy parecidos a los de los nazis! Cuando fui a Jerusalén en 2011, invitada por el Yad Vashem al curso de cómo comunicar el Holocausto, lo que más me impactó fue el paralelismo que pude hacer entre lo que pasó en Alemania entre 1933 -el año de ascenso de Hitler como Canciller del Reich- hasta 1945 -cuando terminó la guerra- y la situación de Venezuela. Hace ya casi siete años de eso y cada día se me parece más. El escenario goebbeliano es manejado con absoluta precisión y aterradora frialdad por el régimen. Si a eso le sumamos las “recomendaciones” del G2, nuestro país está enfermo y muy grave.

Yo estoy segura de que Hugo Chávez tuvo que haber tenido una enorme carga de resentimiento</strong>. Ha debido ser humillado y maltratado, para que haya llegado al poder con esa carga de odio y esos ánimos de retaliación. Pero el pecado de pocos, lo pagamos todos los venezolanos. Las generalizaciones siempre son injustas y hoy vivimos el resultado de las acciones de un hombre que vino a destruir, que se rodeó de resentidos que aplaudieron su mal hacer y que dejó en el poder a resentidos para que siguieran su trágica obra de desolación y muerte. La carga de odio se siente. Y si no fuera tan vil en su esencia, hasta daría risa que hayan sido ellos quienes aprobaran una ley contra el odio.

El odio es exponencial y genera más odio. Hoy hay odio en ambas partes, tanto en el chavismo como en la oposición. Pareciera que nadie estuviera dispuesto a dar su brazo a torcer.</strong> Lo sentimos en las declaraciones virulentas de los personeros del régimen. En sus órdenes a los organismos de seguridad de reprimir como sea. En el apartheid en asuntos de salud y alimentos. Lo reafirmamos cuando del lado opositor se culpa a quienes no han sido responsables de lo que ha pasado aquí, por su falta de educación y oportunidades: los más pobres. Nadie es capaz de ponerse en los zapatos del otro. ¿Y entonces? ¿Vamos a la guerra civil? Les aseguro que si eso sucede, terminaremos en una mesa de negociación, muchos miles de muertos después. ¿No es mejor sentarse antes?

Empecé este artículo refiriéndome a los Osers y quiero terminar hablando de ellos. Su venganza fue doble: primero, no sólo porque sobrevivieron, sino porque tuvieron hijos y nietos. Segundo y más importante, porque perdonaron. El doctor Osers, ya mayor -corría el año 2006- visitó Terezin, el campo de exterminio donde estuvo recluido. Así cerró aquel ciclo de desolación y muerte. Los judíos se han propuesto mantener viva la historia del Holocausto para que no vuelva a suceder. Lamentablemente, el éxito ha sido relativo, pues han ocurrido otros genocidios después de la Shoah y no hay manera de medir cuántos se evitaron. Pero hay que seguir insistiendo para que no vuelvan a suceder. La educación en la coexistencia es la única manera de evitar esa incurable enfermedad llamada resentimiento.